Nuestro alojamiento de Hong Kong

Normalmente,  cuando estás de viaje y llegas a una ciudad, lo primero que haces es ir a tu alojamiento para poder dejar el equipaje y ver tu nuevo hogar en ese nuevo lugar. Será el sitio donde descanses o donde puedas ir a relajarte un rato durante el día. A todos nos gusta que esté limpio, que sea bonito, que sea espacioso, que tenga buena ventilación y que sea tranquilo. Pero a veces esto no ocurre. Desde luego no fue nuestro caso en Hong Kong.

El edificio donde nos alojamos era como una corrala. Pero estaba sucia, llena de humedades y no se podía acceder al patio. Foto: María Ortiz.

Encontrar alojamiento en Hong Kong nos costó mucho. Todo era muy caro y no podíamos permitírnoslo. Y lo que veíamos barato se veía bastante cutre. Vamos, que ya sabíamos más o menos dónde nos metíamos. Pero era lo que podíamos pagar, así que reservamos una habitación para tres en el centro de Hong Kong. Si nos había costado reservar, encontrarlo en la ciudad, más todavía. Estaba en la cuarta planta de un edificio de unos veinte pisos que tenía una entrada muy discreta. Y fuera no había ningún cartel que lo anunciara.

Por fin llegamos. Fuimos a la recepción y la mujer no hablaba ni una palabra de inglés, solo chino. Además su cara era de total incredulidad. Yo llegué a pensar que nos habíamos equivocado o que nos habían timado. No sé cómo conseguimos que entendiera que éramos los tres huéspedes españoles que esperaba para ese día. Nos dio unas sábanas a cada uno y nos llevó a nuestra habitación. En ese momento la cara de incredulidad se nos puso a nosotros.

En la habitación había dos camas, una grande y una pequeña, separadas por una mesilla de unos 40 cm de ancho. Con lo cual, casi no se podía pasar entre las camas. Los cabeceros, los pies y el otro lateral de las camas pegaban con las paredes. En el cabecero estaba la ventana, de la cual solo se podía abrir un cachito muy pequeño. Y, al abrirla, entraba todo el olor a fritanga del puesto de comida callejera que había abajo y el ruido constante de motores encendidos porque abajo había una parada de autobús, además de que no paraban de pasar coches a todas horas sin descanso.

El baño estaba dentro de la habitación y lo separaba una puerta corredera que nonfuncionaba muy bien. Tenía una lavabo pequeño, un váter y una ducha cuyo plato de ducha era el propio suelo del baño. El desagüe estaba al lado del váter. Con lo cual, al ducharte lo mojabas todo muchísimo. Eso sí, podías ducharte, hacer pis y lavarte los dientes a la vez. Estaba todo tan junto que era posible. Pero había que tener mucho cuidado de no calar la toalla colgada en la pared y la ropa. Y de no inundar la habitación también. La puerta no cerraba bien y, además, al salir lo dejabas todo perdido de agua.

La higiene dejaba mucho que desear. Daba la sensación de que todo estaba un poco pegajoso. Dudamos de si las sábanas estaban limpias de verdad y pensamos que por el baño pasaron un trapito y basta. Había algún que otro bicho muerto en la habitación y restos de pipas y frutos secos de otros huéspedes.

A la recepcionista no la volvimos a ver en los cinco días que estuvimos allí y el último día no sabíamos qué hacer con las llaves. Las dejamos en la habitación y nos fuimos para no volver nunca más a alojarnos allí. La próxima vez que vayamos a Hong Kong habrá que ahorrar un poco más para invertir más en alojamiento.

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