Mi experiencia en el volcán Taal

El volcán activo más pequeño del mundo está en Filipinas, muy cerca de Manila, y se llama Taal. Se puede visitar perfectamente y subir hasta su cráter. Lo más característico es que el volcán es en sí una isla dentro de un lago, el lago Taal. Y el cráter está lleno de agua. Supongo que se puede visitar por libre. Solo habría que pagar el transporte en el lago hasta la isla. Pero cuando fui con unos amigos decidimos contratar la excursión completa desde la capital, ya que no teníamos ni idea de cómo llegar hasta allí y andábamos justos de tiempo.

El lago y el volcán Taal desde la embarcación que nos llevó hasta la isla. Foto: María Ortiz.

Preguntamos en un par de agencias de viajes y vimos que los precios no variaban, así que nos decantamos por una de ellas sin más criterio. Nos dijeron que en la excursión entraba un chófer que vendría a buscarnos a nuestro alojamiento, el trayecto, el barco hasta el volcán, un guía allí y una comida típica. En ese momento, como no teníamos apenas tiempo, nos pareció bien y lo contratamos. Pregunté si en algún punto había caballos, ya que me dan mucha alergia. Llamaron por teléfono para cerciorarse y me juraron y perjuraron que no había en ningún sitio.

Pero cuál fue mi sorpresa cuando nos recogió el chófer y lo primero que nos dijo fue que al pie del volcán y durante el trekking estaba todo lleno de caballos y olían fatal. No me lo podía creer. Me había gastado una pasta y me había mentido a la cara. Y, además, sobre un tema muy serio. La alergia puede traer muchos problemas. Mientras salíamos de Manila pensé en decirle al conductor que diera la vuelta, que yo no iba. Pero me dijo que en el embarcadero del lago no había animales y decidí seguir. Ya decidiría allí si subía al volcán o si me quedaba respirando aire puro (el de Manila no es nada puro) al pie del lago.

Caballos en su cuadra nada más llegar al volcán. Foto: María Ortiz.

Llegamos al lago, lo cruzamos y solo se veían cuadras y caballos malnutridos. La estampa no era buena, la verdad. Daba mucha pena y, para mi problema, había muchísimos caballos. Pero vi que cuando comenzaba el camino para subir al volcán, ya no había tantos. Así que decidí que no cogía el barco de vuelta, como había pensado nada más llegar. Sino que subiría con mis amigos. Tuve la suerte de que allí una señora vendía mascarillas para el polvo del camino. Compré una que a mí me sirvió para crear una “barrera” entre los caballos y yo. También me envolví la cabeza con un pañuelo y me puse las gafas de sol. Llevaba la cara, donde tengo todos los síntomas de la alergia, completamente tapada.

Mis amigos me sacaron una foto para que viera las pintas que llevaba y por qué la gente se me quedaba mirando.

La gente me miraba y pensaba que estaba enferma. Lo comentaban entre ellos pensando que no me enteraría. Todos se quedaban mirándome. Y mis amigos y yo nos partíamos de risa, aunque al principio no fue nada divertido para mí. No sienta nada bien que te engañen, y menos cuando se trata de un tema relacionado con la salud. Pero una vez allí, protegida y viendo que no pasaba nada, me relajé un poco. Los caballos, al estar tan mal alimentados, me daban más pena que miedo. Además, vimos a una japonesa que subió a caballo que tenía más miedo de ir sobre el animal que yo a que me dieran alergia. Tengo que decir que, por suerte, llevaba un par de días tomándome antihistamínicos porque en Manila note un poco de alergia en la calle y eso seguro que me ayudó a que no me pasara nada.

Coger el barco de vuelta para ir a comer fue una liberación. Me quité el pañuelo y la mascarilla, que me daban muchísimo calor y disfruté del aire hasta llegar a la otra orilla. La comida estaba buenísima y, después de la caminata bajo el sol, el calor y la tensión de tener caballos cerca, me supo a gloria. Comimos pescado asado, pollo adobado (que allí se llama adobo chicken), arroz y verduras. Además comimos con vistas al lago y al volcán, en una caseta con el tejado de ramas, escuchando solo el agua.

Comida que nos esperaba en el embarcadero. Foto: María Ortiz.

Al final la historia tuvo un final feliz, disfruté mucho y no me pasó nada. Pero el comienzo fue muy tenso. De todo se aprende y ahora sé que hay que preguntar, pero también hay que buscar opiniones y experiencias en internet.

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